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En Centro Día, personas mayores víctimas del conflicto reconstruyen su proyecto de vida

 

 
Bogotá, abril 8 de 2019. Este 9 de abril, como parte de la conmemoración del Día de las Víctimas de la Violencia, personas mayores del centro Día Monseñor Oscar Romero contaron sus historias personales, como una forma de encender la llama de la esperanza y la solidaridad.

El Centro Día es un espacio que brinda herramientas personales, sociales y comunitarias para promover un envejecimiento activo y una vejez digna.

En el caso de las víctimas del conflicto, ofrece una posibilidad del restablecimiento de proyecto de vida para personas mayores luego de vivir situaciones de violencia y una restauración de sus derechos.

Libardo

Libardo Rivera no puede olvidar el día en el que estuvo a punto de perder lo más importante en su vida.

“Lo que me toca más es cuando se metieron con mi hijo”, cuenta mientras intenta que no se le quiebre la voz con el peso de sus recuerdos.

Libardo vivía con su familia en Manzanares, Caldas. “Yo vivía en una región muy sana, allá de vez un muerto por ahí, y de pronto comenzó a llegar la guerrilla por el lado de Samaná y por el lado del  Fresno empezaron a entrar los paramilitares, entonces fueron ensuciando la región de Caldas los dos, nos invadieron  a todos”, relata.

Su hijo estaba a punto de terminar el bachillerato, cuando sucedió lo inevitable. “Una vez saliendo del colegio lo cogieron y le dijeron: ¿a usted no le gustaría irse con nosotros? Mire que nosotros le pagamos un buen sueldo y que no sé qué. Y él les dijo, no, a mí no me gusta eso, yo tengo unos padres que tengo que cuidar de ellos porque soy hijo único, y entonces le dijeron, por eso, es que nosotros le vamos a pagar”.

El joven les reiteró que no iba a integrar las filas de ese grupo armado, entonces la advertencia fue clara: “Bueno, pero téngase que más adelante se va a  poner feo, o se va con nosotros o nos lo llevamos”.

El único hijo de Libardo no tuvo más opción que responder el cuestionario al que fue sometido por el grupo de hombres armados: “lo cogieron y le tomaron nota de cómo se llamaba el papá, la mamá, que dónde vivíamos y todo eso”.

Fueron dos meses de angustia los que tuvo que vivir Libardo y su familia mientras su hijo terminaba sus estudios. Al otro día de graduarse como bachiller huyó hacia Bogotá. Luego viajarían sus padres escapando de la violencia que se tomó su pueblo.

“En Bogotá nos reencontramos y volvimos a empezar con mucho sacrificio, pero como si fuera una nueva oportunidad”, afirma Libardo, que hoy a sus 74 años acude los miércoles al Centro Día Monseñor Oscar Romero.

“Lo que más me gusta es hacer ejercicio”, cuenta Libardo sobre las oportunidades que tiene en este Centro Día.

Alba

Alba María Villarraga de Quitián recuerda  cómo la guerra le arrebató a su esposo. “Nosotros vivíamos en el Meta, a él lo mataron y a sus hermanos también, solo porque no les llevábamos la idea de ir a sus reuniones de ellos, porque allá los que mandaban en esa época era la guerrilla, entonces aquel no les llevaba las ideas o no les caía bien, de una vez por ahí era el fin de la persona”.

Con la muerte de su esposo iniciaría una historia marcada por el desplazamiento y el temor.  “Después de que lo mataron a él comenzaron a llegar los compinches de ellos, los líderes de la vereda, porque allá el que no servía de olla servía de tapadera, entonces ahí fue donde empezaron a venir a decirme que me ayudaban con mercado para convencerme, y les dije que no”.

En ese momento Alba comenzó a planear su escape: “Yo me vine para Granada, busqué ayuda con el Ejército, me traje a mis 8 hijos, venía en estado de embarazo, eso fue una lucha terrible, pero no desfallecí”.

“Nos vinimos dejando todo, la casita, la tierra, los animales, todo, todo, pero Dios no nos ha desamparado ni nos desamparará”, recuerda Alba con nostalgia.

Hoy, a sus 80 años todavía siente que puede echar azadón y desyerbar para sembrar, pero prefiere no volver al campo para proteger a sus hijos: “Preferí venirme y no que se me llevaran mis hijos”.

Con su experiencia, Alba María aconseja a las personas que, como ella, tienen que enfrentar una situación adversa en su vida. “Que sean valientes y que luchen por salir adelante, Dios nunca desampara”.

Hoy Alba disfruta, sobre todo, del compañerismo que encontró en los Centros Día: “me gusta más venir que quedarme encerrada en mi casa”, afirma.

Pedro

 “Lo más duro de recordar es estando uno por allá con el trabajito y ganando, no será mucho, pero una platica, y tener que dejar botado todo eso por allá, y dejar botado todo y corra”, afirma Pedro José Báez, de 74 años, y quien hoy hace parte del programa de Centros Día del Distrito.

Pedro trabajó toda su vida haciendo carreteras en los lugares más inhóspitos de Colombia. Hasta que lo tocó la guerra en Rionegro, al lado de la Palma, en Cundimanarca.

“De un momento a otro la vereda resultó plagada de guerrilleros. Al principio muy buena gente, ayudaban a las personas”, dice Pedro.

Pero todo eso cambió cuando llegaron los paramilitares. “Ahí sí se formó la guerra, porque a ellos les llegaba el rumor de que alguien era razonero de la guerrilla y de una lo mataban sin preguntar”.

Viendo esa situación decidió planear todo para irse con su esposa del pueblo. “Ellos mataban con una peinilla, no utilizaban ni plomo ni nada, era con una peinilla degollado, y ¿quién se iba a meter con esa gente?”, recuerda.

La salida del pueblo estaba totalmente vigilada por los paramilitares, así que no tuvieron más opción que caminar por el sendero de una quebrada en la noche, hasta la madrugada, en medio de la oscuridad y sintiendo el miedo en la espalda.

“Nos tocó casi toda la noche con ella bajar por la quebrada  a Útica y salir por Villeta, allí ya pudimos buscar la manera de llegar a Bogotá, que nos abrió las puertas”, cuenta Pedro.

Hoy siente que puede desarrollar  sus habilidades en el Centro Día, y expresar la energía de sus mejores años recorriendo las carreteras de Colombia.

La Secretaria Social a través de la Subdireccion para la Vejez, sigue sumando esfuerzos y reconociendo que las personas mayores víctimas del conflicto tienen el derecho a vivir y disfrutar una Bogotá Mejor para Todos.

 
 
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