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Historia de un león de mar anclado en Bogotá

 

 
Bogotá, noviembre 13 de 2019. En una fila de cuatro mesas, ubicadas en el hall del Centro Día/Noche ‘San Luis’, un grupo de hombres mayores trabajan en silencio. Tienen sus ojos fijos sobre hojas de papel. Hábiles con los lápices dibujan con cautela, a su tiempo, como si pidieran permiso a su memoria y el papel les sirviera de espejo.

Intentan calcar sus rostros, cansados y marcados por líneas de expresión de la vida misma, del paso inexorable del tiempo, del que nadie escapa. Algunas arrugas son tan marcadas y profundas que parecen abismos; otras cicatrices, que brotan desde sus adentros por el olvido, las luchas, los sufrimientos y embates de la existencia.

Dentro de un grupo de 10, se distingue la humanidad de un hombre corpulento de mediana estatura, cejas pobladas, canas a los lados, mirada profunda y voz grave. Llama la atención sus manos, como si estas develaran múltiples oficios y habilidades. Pinta con agilidad su retrato. No se detiene como los otros a recordar como es, pues se sabe de memoria. Se ha pintado de perfil, marcando sus facciones con trazos oscuros y muy fuertes. Lo termina y firma con el nombre de Carlos Tamayo. Tras finalizar su tarea, observa los trabajos de sus compañeros de turno, a algunos les orienta muy sutilmente.
 
 
 

Carlos Guillermo Tamayo Lombana, es un hombre del caribe, nacido en Barranquilla, quien conoce Bogotá desde 1972. Ha ido y vuelto tantas veces, entre estas ciudades que perdió la cuenta. Tiene 69 años, es inspector de obra y desde hace más de tres meses, por cuatro días a la semana, duerme, come se baña y participa de actividades lúdicas, deportivas y artísticas, en el Centro Día/Noche San Luis, junto con otras 49 personas desvalidas, caídas en infortunio, habitantes de calle, desplazados o personas sin hogar, sin familia y sin techo.

Llegó a ‘San Luis’ después de tres meses de trabajar con un subcontratista del Acueducto de Bogotá, quien, al adeudarle 12 millones de pesos, se declaró en quiebra y sin posibilidad de pagarles a él y a 17 personas más. Sin un peso en el bolsillo, se vio obligado a salir de la comodidad de una habitación que rentaba en el barrio Nicolás de Federmann, no sin antes dejar recomendadas y guardadas la mayoría de sus pertenencias, con la dueña del apartamento donde se hospedaba y con otras amistades. Empacó en una bolsa lo que le cupo, a lo sumo dos mudas de ropa y la que tenía puesta, dos jeans, tres camisas, dos chaquetas y un par de zapatos, junto con la incertidumbre de dónde dormiría o por lo menos resguardarse del frio inclemente y la lluvia intempestiva.

Lo primero que pensó fue que no se tiraría en la calle. Así que decidió ubicarse cerca de un CAI. “Fueron seis noches donde ‘mamé´ frío durmiendo a la intemperie en los parques San Luis y Alfonso López, al frente de la iglesia Santa Marta”, dice.

Recuerda que el frío era aterrador, le dolían los huesos. Fue un amigo llamado Ituriel Salazar, quien le comentó de un lugar donde podía quedarse y dormir. Así llegó al Centro Día/Noche San Luis. Dice sentirse muy bien, agradece la ayuda que recibe a través de la Secretaría Distrital de Integración Social, ya que reconoce que no es fácil deambular las calles de Bogotá, sin una moneda con que comer o almorzar.

Carlos lleva tres meses y unos días, en el Centro Día/Noche, tiempo que le ha servido para fortalecer su espíritu y gestionar algunas acciones que le ayuden prontamente a salir adelante. De hecho aprovecha las horas del día para entregar hojas de vida, aplicar a empleos y asistir a entrevistas de trabajo, se rebusca en cualquier oficio, ha participado en algunos capítulos en la serie de RCN llamada ‘Enfermeras’. Como extra puede ganar entre 40 y 50 mil pesos, por día. Si tiene continuidad entre 70 y 90 mil pesos. Por el momento no contempla la idea de regresar a Barranquilla, ya que espera las gestiones que adelanta el Acueducto directamente con el contratista, para el pago de su deuda. Además, no quiere ser una preocupación, ni carga para su esposa y su hija de 5 años, quienes presentan condiciones médicas que en el caso de su esposa la ha llevado a ser intervenida quirúrgicamente, y su hija a consumir un medicamento de alto costo, que solo se consigue en los Estados Unidos.

Carlos se define como un luchador de la vida. Siempre ha enfrentado las adversidades y obstáculos con entereza. Le da gracias a Dios, ya que parte de su fortaleza se la da él. Distrae su mente y calma su desesperación investigando distintos temas y leyendo novelas, libros de historia y sobre construcción de obras civiles. Lo disciplinado que es se lo atribuye a la práctica del taekwondo y a su paso por la naval. Fue cadete de marina y navegó en el buque Gloria, en ese entonces en 1975. Tenía 26 años y recorrió parte de Europa, Estados Unidos y Suramérica. Acusa de haberse traído a Colombia a su primera mujer, una danesa. Amor que lo llevó a un consejo disciplinario en la armada y a su salida. Proceso al que nunca temió afrontar, luego de haber experimentado varias tormentas en el mar.

De hecho, su relación con el mar ha sido muy cercana, ya que a su salida de la naval, se radicó, en Santa Marta. Allí conoció a un marinero polaco y otro danés, con quienes navegó por 3 años en el mediterráneo como oficial de 1ero en cubierta, hasta que una noche, obedeciendo a su instinto, bajó a la bodega del buque y descubrió que sus jefes traficaban hachís, el cual trasportan en cajas de pino, desde el puerto de Tánger, en Marruecos, hasta la Riviera francesa.

Esa misma noche, al llegar a Barcelona luego de un viaje, los encaró y tras divisar la Policía Aduanera Española, se lanzó al mar. Nadó 2 kilómetros hasta llegar a la orilla. Sus jefes fueron capturados y pagaron ocho años de prisión. En Barcelona se ocultó por unos meses. Una gran amiga lo acogió en su casa. Su primer trabajo fue en un restaurante, donde la primera noche lavó más de 300 platos e inició su relación con la cocina, otro de los oficios que aprendió en su trasegar por Europa, ya que desde España, transitó y vivió en Noruega y Holanda, desempeñándose como ayudante de cocina y chef empírico.

Con sus manos, Carlos ha lavado platos, picado y preparado alimentos. Cargado cajas de pino, ha hecho nudos marinos, tallado barcos y aeronaves en madera, trabajado en obras civiles, pasado páginas de libros, cargado cinco hijos. Ha entrelazado sus manos orando, pidiendo a Dios protección cuando vivió tormentas en el mar y desde hace algún tiempo, en el Centro Día/Noche San Luis, con ellas pinta, dibuja, recorta y pega cartón o material reciclado con los que elabora collage y enseña a sus compañeros a hacer un galeón.

Él es uno de los 17 participantes de un ciclo de talleres dictados por el profe Jimmy Espinosa, del Centro CREA sede ‘Santa Sofía’. Talleres producto de la articulación entre la subdirección local de Barrios Unidos e IDARTES, en el marco del servicio CDC. Estos talleres generan espacios de diálogo y comunicación con personas que nos son escuchadas, y que, por medio del arte, pintan y exteriorizan sus recuerdos y la visión en relación al paso del tiempo y las transformaciones políticas y urbanísticas de la ciudad, además, de construir ejercicios de memoria individual y colectiva. Carlos, de todo el proceso, reconoce que adquirió paciencia y tranquilidad, la misma que usa cuando la desesperación llega.

Carlos es reconocido por su capacidad de diálogo, de participación y colaboración, sumado a su destreza para pintar, dibujar y crear, por lo que será postulado para una beca que gestiona el servicio CDC y la cual exalta su humanidad.

Carlos Tamayo a su cúmulo de experiencias, suma una más, la de conocer en carne propia, la angustia y la vulnerabilidad de quienes habitan la calle, pero también el esfuerzo de la ‘Bogotá Mejor para Todos’, por brindar protección a quienes más lo necesitan como adultos mayores, habitantes de calle y personas sin hogar, quienes han encontrado en el Centro Día/Noche ‘San Luis’, refugio, calidez, respeto y un trato digno.

 
 
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