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Bogotá, agosto 29 de 2017. Todos los miércoles y viernes Darío Tique Camacho acude al Centro Día, ‘Tierra de Saberes’, en la subdirección local de Barrios Unidos. Siempre lleva puesto su sombrero. Pausado al caminar y tímido al hablar, disfruta mucho de las tardes de tejo y dice tener la receta para preparar la mejor lechona. Oriundo de Natagaima (Tolima), salió a la edad de 12 años desplazado por la violencia de antaño. Esa que se inició en 1948 con la muerte de Gaitán. Es un desplazado histórico del conflicto colombiano.

La vida de Darío es evidencia de perseverancia y ejemplo de fortaleza. Con una fe infinita le hace “Penino” al tiempo, expresión que utiliza para referirse a que siempre le ha puesto la cara a los problemas y enfrentado las situaciones de la vida. Inició a trabajar a los 12 años, en aquel tiempo desplazado y lejos de su familia. Eran muchas las necesidades económicas pues los recursos eran limitados.

Nostálgico relata aquellos tiempos en el que pese a las dificultades había entusiasmo y juventud. Se toma su tiempo para concatenar los recuerdos. Son 70 años de llevarlos consigo. Su primer rumbo fue la cordillera. Una finca ubicada en Rovira (Tolima). Fue su casa y lugar de trabajo por dos años. Aprendió a sembrar café y plátano. Allí trabajó junto con otros dos compañeros igual de jóvenes a él. 15 años tenía cuando la violencia lo alcanzó nuevamente. En esa ocasión miembros de un grupo llamado ‘Los Pájaros’ llegaron a reclutarlos. Su patrón impidió que los echaran al monte. Entregó a cambio su finca, 300 reses y 25 mulas.

Pero lo entregado por el patrón no fue suficiente. La persecución fue constante. “Nos persiguieron al punto de tener que construir un túnel subterráneo de aproximadamente un kilómetro. Vivíamos bajo tierra”, asegura, mientras agrega que éste se encontraba debajo de la casa donde vivía. Allí se ocultaban. No podían trabajar ni salir de esa zona (Rovira), porque no contaba con la cédula, documento que para esa época entregaban a los 21 años cuando se alcanzaba la mayoría de edad.

Tampoco tenía la cédula de trabajo que, como dice, era una especie de permiso que permitía la identificación de los liberales y conservadores. No entendía porque no los dejaban tranquilos, sí lo único que querían era trabajar y en particular él ayudar a su familia. Pasado un tiempo logró obtener la cédula de trabajo, pero sus persecutores también contaban con el documento. “Se hacían pasar por campesinos y así nos recogieron los permisos, la única opción era unírseles”.

Darío señala una cicatriz en la parte superior derecha de su boca. Cuenta que una tarde cuando se transportaba en un bus fueron atacados desde una montaña. Disparos venían desde lo alto. Saltó del bus y se ocultó detrás de las llantas traseras hasta que tuvo el impulso de correr hacia el monte. Corrió hasta más no poder. Cruzó por encima de unas piedras de una quebrada, se cayó y mordió su boca. De los 14 ocupantes del bus, solo 6 se salvaron, él fue uno de ellos.

Mal contadas sobrevivió cinco veces más gracias al túnel subterráneo, en el que se ocultaba con otras personas cercanas. En situaciones muy extremas y en compañía de seis familias, incluyendo niños y mascotas, corrían al monte a salvarse del fuego porque los violentos echaban seguro a las puertas. Encerrando a sus víctimas e incendiando las casas y cuando se descapotaba el cielo por la lluvia, retornaban a las casas a resguardarse.

Así transcurrieron 6 años, sobreviviendo a la violencia y a la fuerza de la naturaleza. Cuando cumplió los 21 años inmediatamente sacó su cédula de ciudadanía. Prácticamente no amaneció, ni esperó, ahí mismo salió rumbo al Espinal. Aprendió más labores relacionadas con el campo: sembró arroz, algodón y también cuidó y crió ganado. Por 13 años trabajó allí, hasta que su patrón en un voto de confianza lo envió a la costa a administrar una finca ganadera en el Cesar, exactamente en ‘Los Venados’ corregimiento cercano a Valledupar. De 34 años llegó a la costa, en donde vivió un total de nueve años de los cuales cuatro fueron en Los Venados y cinco más en una finca en Chimichagua. Siempre con el mismo patrón, Humberto Rodríguez.

Muchos amores y compañeras sentimentales, pero no procreó hijos. Dice que fue una papera mal tratada por un doctor lo que lo dejo estéril. Después de nueve años en la costa su patrón lo liquidó y decidió radicarse en Bogotá. Entonces, en compañía de dos de sus hermanas, montó una tienda esquinera en la carrera 21 con calle 66 en el barrio Siete de Agosto. Corría el año 82 en ese entonces y nada lo hacía más feliz que estar al lado de sus hermanas, con parte de la familia que se separó cuando era un niño. En la tienda trabajó 14 años. Una vez terminó con el negocio, se dedicó a trabajar por su cuenta. El fallecimiento de sus dos hermanas fue un duro golpe justo cuando el tiempo y la vida habían permitido recuperarlas. Aun así así se sobre uso al dolor y continuó ‘guerreando’, aprendió y trabajó como ayudante de construcción por seis años, tiempo que le alcanzó para ayudar a construir no solo casas y edificios, sino también una amistad con su patrón, quien desde hace 12 años le permite ocupar una habitación a cambio de vigilar y cuidar del espacio y herramientas de trabajo.

Llegó a la Subdirección Local de Barrios Unidos en el 2005 y desde entonces ha hecho parte de los distintos proyectos y beneficios orientados a ayudar al adulto mayor en la localidad. En la actualidad recibe una ayuda de 120 mil pesos mensuales, que le ayudan mucho para su alimentación.

Lee la Biblia, juega tejo, disfruta de la música, de los juegos y actividades lúdicas de las que participa en el Centro Día ‘Tierra de Saberes’. De vez en cuando se echa su tocadita de guitarra, se pone muy feliz porque sus manos aun le responden. Estos últimos años que vive tranquilo reflexiona y sabe que se ha mantenido firme por más situaciones dolorosas y embates de la vida. Quiere decirle a los jóvenes que perseveren por sus sueños que nunca desfallezcan ante las dificultades, porque la vida no es solo como se vive sino como se recuerda. El ‘pijaito’ como cariñosamente lo llaman sus amigos y profesionales del Centro Día, agradece infinitamente el afecto y la compañía que se le da, porque entiende que allí son una gran familia.
 

 
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Bogotá, agosto 28 de 2017. Con la alegría que los caracteriza unas 200 personas mayores se dieron cita en la zona verde del coliseo 'El Salitre' para participar del ‘Picnic Familiar Comparte Conmigo’. En medio de un ambiente festivo los sabios y sabias de la ciudad, representando los distintos Centros Día de la 'Bogotá Mejor Para Todos', participaron de una jornada lúdica y recreativa.

La primera fase del evento arrancó con un ritual de saludo ancestral a la tierra, al agua, al aire y al sol por parte de Marleny Yalanda perteneciente al pueblo indígena 'Misak'. Posteriormente se dio paso a juegos de ronda en donde las personas mayores en compañía de sus familiares participaron con gran alegría de las actividades. Allí se recordaron juegos de la niñez.

Una de las actividades llamativas fue aquella donde las personas jóvenes fueron vendadas en los ojos y debieron recurrir a ser guiados por las personas mayores. El ejercicio recalcó de forma práctica cómo las personas mayores han guiado la vida de sus familiares a través de los años, con paciencia y sabiduría.

El respeto, el valorar a las personas mayores y la integración activa en las actividades cotidianas fueron los mensajes implícitos en otras de las actividades. Finalmente se dio paso al 'picnic', espacio en donde se reflexionó sobre todo lo realizado en la jornada y se concluyó que las personas mayores son el los ejes fundamentales de las familias.

Con este tipo de actividades el alcalde mayor, Enrique Peñalosa Londoño, a través de la Secretaría de Integración Social fortalece los lazos afectivos y el reconocimiento a la población mayor de la ciudad en el ‘Mes del Envejecimiento y la Vejez’.
 

 
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Bogotá, agosto 23 de 2017. Como una línea fina y extensa sobre un lienzo… Así ha sido la vida de doña Gladys Teresa Forero Lloreda: un pulso fuerte y constante con momentos llenos de colores claros y oscuros, como sus obras, como la vida.

De cabellera abundante y rebelde, irreverente por esencia y sincera sin prudencia habita aún en su casa materna, en el barrio Palermo. Su hogar sirve como estudio. Allí no sólo pinta, también exhibe sus cuadros. Vive el presente con alegría y con la esperanza de poder alguna vez revelar al mundo su obra más compleja, dramática y espiritual: ‘Apocalipsis’.

Para doña Gladys la soledad no es sinónimo de tristeza, sino un estado que facilita la reflexión, la crítica y la creatividad. Los recuerdos y anécdotas son constantes. Algunas veces nostálgicos, pero siempre vivos en la memoria y en el corazón, como sus cuadros y pinturas que cuelgan de las paredes de su casa. Todos tienen historia, una razón por la que fueron creados, se relacionan con situaciones, lugares y personas; trascienden el tiempo y el espacio.

Ella cuenta que aprendió a pintar antes que hablar y lo primero que coloreó fue una flor. Sus padres se impresionaron tanto de la perfección de los trazos como de su capacidad de combinar los colores armónicamente. Desde niña mostró sus inclinaciones artísticas y su padre le compraba siempre cajas de colores finos para motivar aun más su aptitud por la pintura.

De padre bogotano y madre caleña creció en el seno de una familia numerosa y amorosa. Fue la tercera de 10 hijos: seis hombres y cuatro mujeres, quienes hacían de la casa una extensión del colegio. Una vez los dejaba la ruta, la casa se convertía en el ‘Club del niño’.

Allí aprendió a coser a máquina, mientras que las niñas se disfrazaban con los vestidos de veraneo de su madre y jugaban a ser reinas de belleza. Sus nueve hermanos eran sus “amiguis”. Con ellos también jugaba mucho. Uno de ellos le enseñó cómo ubicar su cuerpo y sus puños para boxear mientras que otro cantaba y la invitaba a montar números musicales.

Ella refiere con detalle sus vivencias, atrapa la atención y despierta la imaginación de quien la escucha como si se tratara de esas historias de hace décadas eran narradas en la radio. Sus padres, siempre conscientes de su potencial, la inscribieron en distintos cursos y talleres en los que aprendió belleza, modelaje, etiqueta, glamour, danzas y ritmos folclóricos, entre otras temáticas. Por esa razón terminó cursando al tiempo el quinto de primaria y el quinto de bachillerato. “Yo era una niña grande”, afirma.

Estudió en el Instituto Superior de Educación (INSE), hoy Universidad de la Sabana, obteniendo en 1974 el titulo de ‘Técnica Superior de Enseñanza en Bellas Artes’.
 

Su mayor inspiración

Para doña Gladys su más grande inspiración es su madre, la señora Gladys Lloreda, fisioterapeuta de la Universidad del Rosario y exdirectora del Instituto Roosevelt en Bogotá. Una mujer a quien su hija define como estudiosa, investigadora y de avanzada. Según ella supo alternar sus estudios universitarios con la crianza de ocho de sus hijos, en tiempos en los que se relegaba a la mujer a ser ama de casa y cuidar de sus retoños.

Habla el inglés de supervivencia. Afirma que, en cambio, lo entiende mucho mejor. Por una larga temporada sus padres vivieron en los Estados Unidos. Allí se conocieron y se casaron. Le inculcaron la segunda lengua, y creció con el conocimiento de ambas culturas. De hecho, cuenta con orgullo que su madre fue en varias ocasiones contratada como traductora por la Presidencia de la República y que uno de sus últimos, y más importantes trabajos, fue la traducción del manual de los helicópteros ‘Black Hawk’. Como traductora, fue muy reconocida con el nombre de ‘La traductora Lloreda’.

Doña Gladys también aprendió modistería, confección y dibujo publicitario. Se autodenomina “Modistilla de a peso, diseñadora de a millones”. No tuvo hijos, pero la vida le regalo dos sobrinos que la consideran como su tía mamá. Sin embargo, su gran vínculo amoroso es con su madre, quien manifiesta que su hija no ha mostrado el resplandor de su alma creativa. Durante muchos años doña Gladys fue una mujer callada que decidió alejarse de los lienzos, acuarelas y pinceles. Su arte, asegura, es de tendencia impresionista y durante esa época lo que más le costó fue desprenderse de sus cuadros. Pero el deseo de pintar surgió nuevamente y fue incontenible.

Paradójicamente su afán por pintar se convirtió en una deuda pendiente por saldar con su madre. Es así como ‘Apocalipsis’ es una metáfora, como la segunda venida de Cristo. La obra es el arte revelado a su madre. Es todo su interior artístico expuesto al ser más incondicional.

En esos momentos difíciles por la hospitalización de su progenitora fue cuando doña Gladys se enteró por medio de una cuñada de la existencia de la Secretaría Distrital de Integración Social. Desde entonces y por poco más de 3 años asiste al Centro Día ‘Tierra de Saberes’ y recibe la ayuda de un bono de alimentación por valor de $120 mil del proyecto ‘Bogotá Te Nutre’, proyecto que entrega un total de 271 bonos para las localidades de Barrios Unidos y Teusaquillo.

Vive feliz y muy agradecida. “El beneficio es de gran ayuda, hace la diferencia”, expresa dichosa. Da gracias a Dios y bendice a la administración de la ‘Bogotá Mejor para Todos’.

Ella es una mujer emprendedora diseña y elabora talegos que ella misma pinta. Hace parte de un semillero de iniciativas empresariales llamada, ‘Quiero desplegar mis alas’, proyecto que surge en el Centro Día ‘Tierra de Saberes’ de la Subdirección Local de Barrios Unidos y Teusaquillo, el cual busca apoyar las iniciativas productivas de los adultos mayores para ayudarlos en la consecución de recursos para su sostenimiento.

Sabe muy bien de las necesidades de las personas de su edad por lo que le imprime a sus compañeros la iniciativa de emprendimiento. Destaca del grupo lo hermanable y solidarios que son. Ella ha rifado varios de los talegos que elabora para poder contribuir al desayuno que toman en el Centro Día, lo que los convierte en una gran familia.
Reconoce las capacidades que tienen los adultos mayores como por ejemplo al que elabora instrumentos musicales, otro sabe de música.

Sugiere que ese manantial de conocimiento debería ser aprovechado. Ella misma quiere instruir sobre pintura, aprender a pintar, “agiliza la memoria”, dice y es un ejercicio que recomienda para ayudar a que el cerebro este en funcionamiento. Ella quiere que más personas conozcan su creación, mostrar ‘Apocalipsis’ en un espacio como el estadio El Campín. Sí, doña Gladys sueña y aspira materializar eso que la mueve, porque su esperanza es el arte y el profundo amor por su madre.
 

 
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Bogotá, agosto 23 de 2017. Una serie de interrogantes fueron despejados por parte de expertos panelistas, quienes participaron en el conversatorio ‘Mitos y Realidades de la Sexualidad en la Vejez’, organizado por la ‘Bogotá Mejor Para Todos’ y el cual se desarrolló en el auditorio Huitaca, de la Alcaldía Mayor de Bogotá.

Ese espacio se transformó por un momento en un gran centro de consulta en donde se recalcó con un lenguaje sencillo que la actividad sexual disminuye con los años pero no el interés y el deseo. Los participantes, a su vez, fueron invitados por la Subdirección de Vejez, de la Secretaría Distrital de Integración Social.

El evento inició con un ritual de saludo ancestral a la tierra, al agua, al aire y al sol por parte de Marleny Yalanda y Giovanni Caicedo. Posteriormente la subdirectora de Vejez (e), Margarita Barraquer, y la directora de fortalecimiento del IDPAC, Angélica Ríos, dieron apertura al panel.

“La población de personas mayores son prioridad para el alcalde mayor, Enrique Peñalosa. Ustedes son los sabios y sabias que se convierten en los protagonistas de la construcción de una ‘Bogotá Mejor Para Todos’”, aseguró la doctora Barraquer.

Posteriormente la especialista en Educación Sexual, de la Universidad Santo Tomás, Nereyda Lacera, indicó que la sexualidad no es solamente los órganos genitales. “Es mente, corazón y relaciones”, dijo. Lacera, además, desmintió el imaginario social respecto a que las personas mayores que les gusta el sexo son unos enfermos. “La sexualidad nunca muere”, respondió la doctora.

Frente al tema de la masturbación en esta población, la panelista indicó que es un acto de autoerotismo normal en jóvenes y personas mayores, hombres y mujeres.
 

“Las personas mayores tienen derechos sexuales que deben ser reconocidos. Ellos deben conocer esos derechos para poder vivir una sexualidad libre y placentera. Hay que llamar al empoderamiento a las personas mayores, es necesario educar sexualmente a todas las poblaciones. La sexualidad no desaparece con la edad”, sentenció Lacera.

En su intervención la doctora Adriana Galindo, especialista en educación sexual de la Secretaría de Salud, se refirió a los derechos sexuales y sexualidad. “Todos somos seres sexuados y eso no acaba sino hasta que fallecemos. La sexualidad también tiene que ver con las relaciones de afecto y la posibilidad de amar”, aseveró la profesional.

Para José Santacruz, médico de la Universidad Javeriana, la actividad sexual disminuye con los años pero no el interés y el deseo. Reveló que el 50 por ciento de las personas mayores en Colombia respondieron que la sexualidad es importante o muy importante.

Al final del evento el Doctor Carlos Alberto Cano Gutiérrez, del Instituto de Envejecimiento de la Universidad Javeriana, y quien hizo las veces de moderador, recibió algunas sugerencias del público presente en donde se pidió la posibilidad de llevar el foro sobre la sexualidad en la vejez por las localidades.

Con este tipo de actividades se fortalecen los lazos sociales y el reconocimiento a esta población en el ‘Mes del Envejecimiento y la Vejez’.
 

 
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Bogotá, agosto 21 de 2017. Con un clima soleado y el mejor entusiasmo, 70 personas mayores pertenecientes a diferentes Centros Día, manejados por la Secretaría de Integración Social, se prepararon con ropa cómoda para iniciar estiramientos y emprender el bicipaseo 'Envejece Conmigo’.
 
Poco a poco la Ciclovía, a la altura del Parque Nacional, se llenó de unos nuevos usuarios, hombres y mujeres con 75 años en promedio, quienes llenos de energía y bloqueador, para protegerse del sol, emprendieron la travesía que los llevaba del centro de Bogotá al Parque Metropolitano Simón Bolívar.

Orientados por los guías de las Secretarías de Movilidad y de Integración Social, así como por los guardianes del IDRD los sabios de la ciudad equipados con provisiones para el camino (líquido, bocadillo y plátano) se abrían paso por entre una multitud que los miraba con asombro y que les reconocía con aplausos.

El primer tramo (una leve cuesta) fue algo difícil para algunos de los participantes, sin embargo, sin afán pero sin descanso, el grupo de personas mayores sortearon la subida, de igual forma como han encarado la vida, con perseverancia y sacrificio.

El trayecto por la calle 26 hacia el occidente fue todo un recorrido de recuerdos y aprecio al mobiliario urbano. Para Edith Parada de 68 años de edad, el bicipaseo fue una bella experiencia. Desde su bicicleta pudo observar lo que la rutina del día a día no le permite, la ciudad en todo su esplendor.

“Uno generalmente ve la ciudad desde los buses o de afán y no observa sino carros y motos. En bicicleta pude mirar mejor y comentar con otros participantes el progreso de la ciudad y recordar sobre lugares que quedaban en el trayecto y que han sido transformados”, dijo la veterana ciclista.

Por su parte Olegario Pinzón, con 80 años de vida, montar en 'bici' le genera placer. “Soy de origen campesino, soy boyacense y mi medio de transporte siempre ha sido la bicicleta, aunque hace rato no montaba me sentí a gusto y me alegró compartir con otras personas mayores como yo”, dijo el señor Pinzón.

Finalmente el particular grupo ciclístico llegó sin contratiempos al Parque Simón Bolívar en donde en medio de aplausos fueron recibidos por un grupo de profesionales quienes monitorearon su presión cardíaca y su condición de salud en general tras el esfuerzo realizado.

Para Giovanni Caicedo, asesor de la subdirección de Vejez de la Secretaría de Integración Social, el bicipaseo 'Envejece Conmigo' (enmarcado como una de las actividades del 'Mes del Envejecimiento y la Vejez') rinde un homenaje de reconocimiento a las personas mayores y se convierte en un ejemplo a seguir para los más jóvenes promoviendo hábitos saludables que llevarán a una vejez digna.
 

 
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