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Angélica, la maestra que cuida a los niños y niñas como si fueran sus propios hijos

 

 
Bogotá, marzo 8 de 2019. “A veces quiero tirar la toalla, no es fácil, he trabajado 20 años por los niños y el cuerpo a veces sencillamente no me da. El problema es que no puedo hacerlo”, se ríe un poco, se estira el pelo hacia atrás con las manos y continúa: “mi relación con los niños es de fortalecimiento, ellos me hacen fuerte. Me dan amor, alegría y ganas de seguir viviendo. Por mi parte, les regalo algo muy importante… La fortaleza para enfrentar la vida”.

“Si pudiera darle un mensaje a la Angélica que tenía 15 años, le diría gracias. Gracias por escoger la gran pasión de nuestra vida… Ser maestra. Mi nombre es Angélica Delgado Duque. Hace 20 años soy profesora y llevo 13 de ellos trabajando en los jardines infantiles de la Secretaría Distrital de Integración Social. En este momento, enseño a 15 niños y niñas de 2 años, pero también soy la gran maestra de la vida de dos hijos con discapacidad”.

Para Angélica, cada uno es auténtico y especial. En el baño, en el parque o en el salón sabe exactamente quién esta y quién falta. A pesar de sus 43 años, la hacen sentir como una niña; enamorada de la vida, en cada instante.
 
 

“Tengo dos hijos mellizos con una discapacidad. Tienen síndrome de Klinefelter (alteración genética). Uno de ellos, Federico, tiene el síndrome físico, un retraso a nivel motor y cognitivo, al igual que algunos daños en el corazón, huesos y columna vertebral. Por otro lado, Samuel comparte el síndrome y tiene un problema psiquiátrico, que consiste en intolerancia a la frustración”.

El día de una maestra en un jardín infantil empieza antes del amanecer, cuando los pájaros se están despertando y hasta ahora comienzan a salir los primeros rayos de luz. Angélica se levanta a las 5:00 a.m. Alista a sus dos hijos, les prepara el desayuno, acompaña a Samuel al colegio y se va para su trabajo. A las 7:00 a.m., en punto está en la entrada del jardín recibiendo a sus estudiantes.

“Mis días son muy agitados, organizo a los niños para sus tres comidas, desayuno, almuerzo y onces. Estoy pendiente de su estado de ánimo y realizo todas las actividades pedagógicas. Por su edad, están en un proceso muy importante que es el control de esfínteres entonces los acompaño frecuentemente al baño y me alegro cuando dejan los pañales o empiezan a tener algún progreso”.

Angie, como le dicen sus compañeras de trabajo, tiene exactamente la misma dedicación y compromiso cuando les da de comer, los ayuda a ir al baño, les enseña sus primeras palabras y los deja subirse por segunda, tercera y hasta cuarta vez en el rodadero, antes de entrar a clase. Pero, no todos los días son igual de buenos.

Durante el día, Angélica se desenvuelve con destreza, cambia de actividad constantemente para captar la atención de los niños y las niñas. Es ágil, rápida, creativa y profesional, se preparó como licenciada en educación preescolar y tiene una especialización en gerencia social, pero reconoce que su vocación se la debe a los años de experiencia.

“Desde que empecé a trabajar en la Secretaría distrital de Integración Social, siempre he tenido el apoyo del personal de talento humano y la subdirectora de infancia. Por la discapacidad de mis hijos me ubicaron en un jardín muy cerca a mi casa, eso me ha ayudado muchísimo para estar pendiente de Samuel y Federico. Puedo manejar mi tiempo”.

Cuando termina el día, Angélica regresa a su casa, lleva a sus hijos a realizar un poco de ejercicio, cenan, leen un rato, charlan del día y los acuesta a dormir, todo con la colaboración de su esposo.

“Decidí ser maestra desde muy pequeña, siempre quería que me regalaran tizas y un tablero para darle clases a mis muñecas. En este momento de mi vida, me despierto con la satisfacción de cumplir mi proyecto de vida. Los niños me enseñan a vivir, a disfrutar de las cosas más pequeñas de la vida: las alas de una mariposa, un charco para saltar o el sonido de la lluvia”.

Es difícil ver a Angélica subiendo el tono de la voz, incluso cuando está regañando o corrigiendo a algún niño. Lo hace con cierta dulzura, que no deja de ser autoritaria. Cuando habla, los niños la miran con los ojos fijos y atentos, confían en ella, la quieren.

En el Día Internacional de los Derechos de las Mujeres, reconocemos el papel fundamental que juegan las cerca de 3 mil maestras de nuestros servicios. Su aporte a la educación, a la transformación de imaginarios y el acompañamiento diario en la formación integral de los niños y niñas de Bogotá, es sin duda alguna esencial para el desarrollo de Bogotá. Para ellas, toda nuestra admiración.

 
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