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“Con mis manos pego los ladrillos del jardín en el que crecerá mi nieto”

 

 
Bogotá, marzo 19 de 2019. Todos los días don Luis Alberto Quintero, se levanta a las 5:00 de la mañana, toma una ducha fría; mientras se viste ve unas pocas noticias por televisión. Toma un café bien caliente, al mismo tiempo que observa por su ventana el amanecer en el frío Usme. Con la mirada fija hacia la nada evoca los recuerdos de su niñez.

Llegó a la localidad a los 12 años. Recuerda que todo era monte, un terreno extenso montañoso, verde por todos lados, una finca enorme, con pocas casas a su alrededor. Todo era distinto. Después de tomar el último sorbo de su café, empaca su almuerzo, su overol y sale a buscar su acostumbrada ruta que lo lleva directo a su trabajo.

A las 7:00 a.m., llega a su destino. Toca con fuerza una puerta roja que está sujeta a una cadena improvisada. Uno a uno los obreros hacen su ingreso al lugar donde se construye una inmensa obra. Saluda a sus compañeros mientras se viste con su overol y guantes beige. Un casco amarillo lo protege de algún accidente y el sol.

A las 7:10 a.m., inicia sus labores. Ya con actitud de albañil tiene como responsabilidad estar en cada actividad que indique su supervisor. Usa pala, un pico, un mazo, una paleta y alambres, entre otras herramientas, para armar columnas, placas y nivelar pisos. Él sabe que está construyendo ‘la segunda casa’ de su nieto.

Así transcurre su mañana. A las 12:00 p.m., toma su almuerzo: fríjoles, lentejas, verduras, pollo o carne cualquier alimento que lleve en su ‘coca’ es algo. Sabe que la situación no está nada fácil. Gana 560 mil pesos quincenalmente. De esa plata debe sacar 450 fijos para el arriendo y estirar el resto del sueldo para los demás gastos. El es el único que lleva el sustento a su hogar, por eso le da gracias a Dios tras haber conseguido el trabajo.
 

Después de almorzar vuelve a sus labores. Trabaja duro hasta las 5:00 de la tarde que finaliza su jornada. Toma sus objetos personales, se despide de todos, espera su ruta que lo llevará de vuelta a casa, pero sabe que tiene una cita todos los días con alguien muy especial después de la jornada laboral: su nieto. Esa cita con su pequeño niño, como él lo llama, no puede esperar. Dice que por eso cada ladrillo que pega con sus manos lo hace pensado en él y en su futuro.

“Espero que cuando termine de ponerle el último ladrillo y pintura a este jardín, mi nieto lo pueda disfrutar, pero también las familias cuiden este jardín, porque no solo será de beneficio para sus hijos. Éste lugar le va a cambiar la cara al barrio, se va a ver más bonito, será lo más chévere que vamos a tener por estos lados”, comenta entre risas don Alberto.

Así transcurren los días de este abuelo feliz. Edificando construcciones para aportar un granito de arena al desarrollo de la ciudad. Pero él no es el único que hace parte de la obra, ahí también se encuentran historias como la de José, un hombre desplazado por la violencia, quien tuvo que huir de su tierra Ortega (Tolima) y radicarse obligatoriamente en Bogotá por la inseguridad de su región.

Similar caso es el de Luis Montes. Llegó desplazado del Carmen de Bolívar. Es padre de 4 hijos. El más pequeño de ellos hará parte del jardín que él mismo construye con sus manos. Ambos obreros con historias parecidas a la de don Alberto, quienes con su trabajo le aportan un grano de arena a mejorar las condiciones de vida de muchas familias.

Como ellos son muchos los casos de hombres y mujeres, quienes hacen parte de las construcciones y obras que realiza la Secretaría de Integración Social en cada una de las localidades de la ciudad.

En esta megaestructura la entidad invirtió más de $7.300 millones de pesos para beneficiar a 300 niños y niñas de la localidad. Este jardín infantil contará con sala materna, salón de caminadores, párvulos, baterías de baños línea infantil, cocina, comedor y área de juegos, entre otros espacios, que estará ambientados y dotados en conjunto con un gran equipo de profesionales, quienes prestarán el mejor servicio de atención integral.

Los más pequeños de la localidad contaran con 1.786,07 m2, para crecer, jugar, desarrollar sus habilidades psicológicas y motrices para estar siempre felices en su jardín que pronto se convertirá en su segundo hogar.

Mientras tanto don Luis puntualiza comentando que, aunque no le alcance la plata para vivir mejor, se siente orgulloso y contento de ayudar a edificar el futuro de su nieto y el de muchos niños de Usme.

 
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