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Pedro, el exhabitante de calle quien tras dejar prisión y una vida en tinieblas encontró en los libros y los cuadernos un rayo de vida

 

 
Bogotá, junio 7 de 2018. Pedro Julio Vargas Rojas fue un niño como cualquiera. De la mano de su padre, a sus 9 años, lo acompañaba al lugar de trabajo en donde se dedicaba al negocio de la compra y venta de esmeraldas. En plena ‘Avenida Jiménez’ en el corazón de la ciudad, se ofrecían estás piedras preciosas que han traído riqueza, pobreza, muerte y mucha sangre derramada durante la historia de nuestro país.

Éste no es el caso del padre de Pedro quien comerciaba algunas esmeraldas. En sus ventas diarias, que no eran muchas, llevaba el sustento para la casa y a veces hasta le quedaba algún dinero extra para beber y llevar problemas a su hogar. La vida de Pedro a esa edad, no fue la mejor. Las discusiones y problemas en su casa, sumados a las tensas situaciones que se vivían en el barrio con el tema de las pandillas y los ‘chachos’ de la calle, quienes entre el vicio y otras artimañas ganaban poder esquina tras esquina. Esas fueron las vivencias que con frecuencia Pedro debía afrontar.

“Con tantas situaciones a mi alrededor, decidí irme de la casa. Ese tema del dinero y el poder me llamó la atención, las amistades que lo convencen a uno de vainas que lo llevan a uno hasta el fondo”, recuerda Pedro aquella niñez.
 

Desde las calles de Ciudad Bolívar caminó hasta el centro de la ciudad. El Barrio ‘Santa Inés’ fue su primera y única parada. Allí derecho llegó al ‘Cartucho’. A esa edad probó el vicio. La marihuana ya rodeaba su cabeza y cada día le pedía y le pedía más. “Allí en el ‘cartucho’ la droga era muy barata, me metía unos siete ‘pipazos’ de bazuco, eso era mucho y por tan barato”, recuerda Pedro.

Allí en esa ‘olla’ en medio de las hogueras que se prendían en la noche, que de hoguera no tenía nada, pues lo que se quemaba era el caucho que rodeaba el añorado cable de cobre que la gente robaba para finalmente venderlo; Pedro conoció en el ‘cartucho’ a don Orlando alias ‘mano de cobre’. Él era el más duro jalando cobre. “Una vez tenía frío y me acerqué a esas hogueras. Allí veía lo que hacían y pues me animé a preguntar. ‘Mano de cobre’ me explicó que pasaba y de ahí en adelante me lo hice de amigo y me enseñó algunas técnicas, como por ejemplo ver bien las alcantarillas donde metía la cabeza, ya que algunas de ellas tenían cables de alta tensión y ahí podía quedar ‘tostado’”, comenta Pedro.

“La plata se veía robando cable. En algunas esquinas pagaban a 25mil por kilo. Entonces pues uno se hacía buen material. Yo me metía en una alcantarilla, ‘jalaba’ el cable y luego me iba a buscar la otra punta y me metía para ver como ‘jalaba’ más. Así fue como un día me dejé caer y me arrestó la Policía y finalmente pagué 240 meses entre la cárcel ‘Modelo’ y otras prisiones de la ciudad”, cuenta Pedro al recordar su paso por esos lugares.

Una vida oscura en el ‘Bronx’.

Pedro salió de la prisión, un poco más maduro, aunque no por mucho tiempo. Pasó un año juicioso; vendía dulces por todos lados. Trataba de hacer todo honestamente pero la venta de ‘mecato’ no le dejaba mucho y tenía que conseguir dinero para sobrevivir, así que de nuevo recayó en el vicio. Volvió a las calles y finalmente llegó al ‘Bronx’.

Empezó a trabajar en uno de los hoteles del ‘Bronx’. “Me pagaban con vicio y a veces con plata. Yo tenía que recibir los clientes, arreglar las piezas, fumigar, tender las camas. Aunque eso era un hueco de lugar. Nos exigían lo mejor para la gente. Igual iba gente de toda, con plata sin plata. A mí me pagaban comisión de $1.000 pesos por todo. Si querían una ‘traba’, me daban comisión. Si querían mujeres me daban comisión. De todo se veía. Pero yo recibía mi paga y listo”, comenta Pedro.

Allí, fuera del bazuco y la marihuana, consumió de todo. El ‘poper’, también fue una de las drogas que metió. “Eso se sentía como un fuego que le corría a uno desde los pies a la cabeza. Luego alucinar un rato y listo. Ahí quedaban los cinco minutos de placer”, menciona Pedro recordando esas ‘trabas’. También se ‘chuteó’ lo brazos, como decían ellos refiriéndose al momento de consumir heroína, pero no le gustó mucho, como afirmaban algunos en el ‘Bronx’. Se ‘picó a loco’, pero al final, no siguió por los caminos de ese vicio.

“La mañana de la intervención en el ‘Bronx’, yo estaba por la calle. Apenas estaba entrando a la ‘olla’, cuando fue que empezó ese alboroto. Ni siquiera la seguridad del ‘Bronx’ alertó que venía ‘Mario Grande’ como le decían a los máximos operativos de la Policía. Eso fue mucha inteligencia la que hicieron, porque la verdad, sí que se metieron bien. De ahí me llevaron al hogar de la ‘Carrera 35’, pero yo duré como dos días, yo solo quería soplar y soplar”, recuerda Pedro de la operación de la intervención en el ‘Bronx’.

Caminó por varios lados, por la ‘Plaza España’ estuvo un rato. Pero allá llegaron los ‘duros’ a ofrecer ‘trabas’ solo para que ellos hicieran desorden y estragos en la ciudad. “Ese día me dí cuenta que ya estaba muy mal, que no quería más correrle al vicio, así que me fui de ahí para otros lados a caminar y buscarme el rebusque”, dice Pedro.

“Le cuento que si el ’Bronx’ no se hubiera acabado, yo no sé si seguiría vivo, tal vez ya muerto por una ‘traba’ grande o algún loco por ahí que me haya ‘cargado”. Piensa Pedro, recordando la caída del Bronx. Estuvo varios días por la calle, pero entre un lado y otro no era fácil. Así que decidió irse de nuevo al Hogar de Paso de la Secretaría Social. Era la segunda vez que estaba allí y lo que más lo impulsaba para volver era que veía que en ese lugar podría iniciar una nueva vida, claro si se lo proponía.

Ingresó al centro de atención y desde ese día muy juicioso inició un camino diferente. La ansiedad y el pensamiento por el vicio lo cambió por los libros y cuadernos, ya que decidió continuar con sus estudios de bachillerato, los cuales finalmente y a mucho honor, logró terminar recibiendo su diploma de Bachiller, hace menos de cinco meses.

Ahora después de mucho tiempo, habla más seguido con su padre a quien lo perdonó y él también perdonó las malas situaciones vividas durante su niñez. La familia lo acompaña en su proceso. Lo apoyan día y noche. “Creo que la edad y los años no me llegaron solos, desde niño tuve desafortunadas decisiones que me llevaron a hacer cosas malas. Hoy con mi mente cuerpo y alma deteriorada, trato de darle un nuevo sentido a la vida. Ya no pienso como aquel niño que de locuras trataba de ser el más adinerado y duro de todos. Eso no existe, eso tan solo es algo que se crea en nuestras mentes por culpa de personas que se aprovechan de los consumidores y nos llevan hasta el último camino de perderlo todo”, resalta Pedro quien ahora disfruta cada momento en su segundo hogar y con una nueva vida. Él es el vivo ejemplo de que sí se puede.
 

 
 
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